Observo a persona anónimas: un rostro, una postura,
una manera de esperar, de caminar o de permanecer en
un lugar. A veces las encuentro cerca; otras, a miles de
kilómetros. No sé quiénes son ni conozco sus historias.
Quizá precisamente por eso me interesan.
Mi trabajo comienza muchas veces en ese encuentro.
Fotografío, hago bocetos y recuerdo imágenes y
sensaciones que permanecen conmigo hasta que, en
algún momento, regresan convertidas en pintura.
Trabajo desde la figuración, pero no me interesa el
retrato como representación fiel de una identidad. Me
interesa lo que sucede cuando una persona real se
transforma en imagen y comienza a desprenderse de su
propia historia. Pintar introduce una distancia entre lo
que vi y lo que recuerdo; entre quien estaba delante de
mí y el personaje que finalmente aparece en la obra.
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